La mía era una maldición, una que me ato con cadenas envenenadas.
Sabía que el cambio iba a llegar y nunca le pedí su dirección o su teléfono o lo que sea. Y sabia que una vez se mudase ya no vendría de nuevo a pasear conmigo entre los árboles o las tiendas.
Estoy frustrado y además se que es culpa mía porque no era tan difícil mantener el contacto.
La echo de menos y ni siquiera tengo una foto suya. Ya no tengo miedo de no poder reconocerla sino de no poder recordar su imagen.
Mi trabajo, mis horarios, mi hogar es todo igual pero ahora mi mundo es demasiado diferente sin tener cerca a tal amiga.