Teníamos un cerezo en nuestro modesto jardín. Recuerdo que mi madre lo cuidaba y le gustaba disfrutarlo descansando recostándose en su tronco. Una vez, mientras el cerezo estaba en flor, salí de casa y el pregunte:
- Mama, ¿Por qué somos felices?
- Puedo comprender tus motivos para preguntármelo pero yo tampoco lo entiendo muy bien.
- ¿Y como podría saberlo?
- Veamos, ¿me quieres mucho?
- ¡Si, mama!
- Entonces, ¿Qué pasaría si me fuera?
- Me pondría muy triste.
- Pues puedes decir que para ser feliz tienes que tener lo que quieres, ¿no?
Le creí y mas tarde me di cuenta de que era así pero que también hay otras cosas además de que es diferente para cada persona aunque para todos es muy parecido.
